miércoles, 18 de julio de 2012

Jugando en la Plaza Mayor.



La imagen es de hace ya muchos años, cuando todavía el pavimento era de tierra y las casas apenas habían sufrido cambios. Se ven los bancos de hormigón y cemento que había en el centro de la misma, que servían para sentarse a la sombra de las acacias. No lejos se encontraba el Caño, con los tres chorros de buena y fresca agua. Todos los que pasaban cerca del Caño  probaban el agua.
Las casas, en su mayoría de adobe o tapial, revestidas de capacho. Se ve la del Sr. David, que hace esquina, y al fondo pintada de blanco la de mis tíos Anselma y Anastasio, cuando tenían el café y bar en la planta superior y el salón de baile en la parte baja. Después, con los años, todo cambió. Cerca está la casa de la Sra. Benilde, la de Quirino, y otras.
Pero lo más llamativo de la imagen son las personas que aparecen en ella. Jóvenes en su mayoría que son los que están jugando, tal vez a la Chana, y algunos niños y mayores como espectadores. Su forma de vestir y de estar en el lugar nos recuerda el pasado, e incluso una forma distinta de vida y diversión. Seguramente que era un domingo o día festivo, después de la misa de la mañana, o del rosario de la tarde. Y es que la Plaza siempre fue lugar de reunión, descanso, tertulia, y también juego. Por la Plaza Mayor pasaba diariamente mucha gente, pues son varias las calles que parten o llegan a ella. Además a ella llegaban muchos vendedores y establecían el comercio por un día, por ella pasaban todas las procesiones los días festivos, en ella se celebraban bailes y otras diversiones, etc.
Algunos se reconocerán en la imagen, o distinguirán a sus vecinos o amigos, bien por su aspecto exterior, o por su forma de vestir. Otros recordarán, tal vez, a algún ser querido ya fallecido. Y es que en todo y para todos son muchos los cambios que ha habido con el paso de los años, cambios en la Plaza, su urbanización, edificios, adornos, iluminación, etc., y cambios en las personas, costumbres y forma de divertirse, e incluso de vivir.
  

jueves, 12 de julio de 2012

De Joarilla a Sahagún1.


Vista de Sahagún desde La Peregrina. Se pueden ver las torres de casi todas sus iglesias.

Viajar a Sahagún desde Joarilla se podía hacer y de hecho todavía  se hace, por motivos muy diversos, unas veces por obligación, para algunos asuntos administrativos, aunque no muchos, pues es centro comarcal y demarcación judicial. Allí tienen que  acudir todos los pueblos que pertenecen a ella, entre ellos Joarilla. Y no sólo se va a los asuntos judiciales, sino que también hubo siempre Cuartel de la Guardia Civil,  centros educativos, y algunos relacionados con la sanidad.
También se iba de compras, a veces por obligación, cuando en los comercios de los pueblos no vendían los productos necesarios para el vivir de cada día. O que los vendedores ambulantes no los llevaban en sus carros, o furgonetas, el día que llegaban al pueblo.
Los mercados semanales siempre tuvieron importancia en la ciudad y era un día importante para viajar y  comprar productos alimenticios o de otro tipo. Y, cuando había ferias, algunos comarcanos pasaban el día por Sahagún. Aprovechaban para asistir a los toros u otros festejos que se celebrasen.
Al ser mayor el núcleo urbano y de población, es lógico que en Sahagún haya habido siempre más bares, cafeterías, restaurantes, y también pubs, discotecas o salas de fiesta. Y lógico también, que de Joarilla, como desde otros pueblos, los domingos y días festivos saliesen coches, o furgonetas de servicio público, con jóvenes, y no jóvenes, en busca de la diversión, y que estuviesen allí hasta altas horas de la madrugada.
Por otra parte, hay que reconocer que eran muy pocas las personas que viajaban a Sahagún con la intención de visitar y conocer la ciudad, o asistir a algunos actos culturales que en ella se celebrasen: conferencias, cine, teatro, conciertos, etc. Como que todo esto estuviese vedado para el común de los mortales, vecinos todos de los pequeños pueblos del entorno. Y es que además de ser pocas las actividades, los medios, el conocimiento y deseo de saber, eran muy limitados, si se compara con el momento actual.   

En Sahagún siguen recordando su historia con representaciones como la de la imagen. Fiesta de Juglares.


Desde el Trébano de Joarilla, vamos a viajar a Sahagún, cuantas veces sea necesario, y para todo aquello que necesitemos y que la histórica villa nos pueda proporcionar. Porque para eso es el centro comarcal al que pertenecen más de 85 pueblos, algunos de ellos con muy poca población y a punto de desaparecer.
Sahagún se encuentra al sur de la provincia de León,  en el límite con la de la Valladolid, el río Cea es la línea divisoria, y hacia el este está la de Palencia. Esto hace que para muchos pueblos cercanos de estas dos provincias sea también un lugar muy visitado por motivos diversos: mercados, ferias y fiestas, reuniones familiares, actividades culturales y sobre todo artísticas...
Porque, desde el punto de vista artístico, Sahagún tiene mucho que ofrecer. Quienes la han denominado villa o ciudad del mudéjar leonés y castellano no están equivocados, pues sus iglesias y las de gran parte de su comarca están construidas en este estilo y en la misma época. Además cuenta con mucha historia que gira en torno a su antiguo monasterio y a la tradición jacobea, siendo un hito importante en el Camino de Santiago. Y lo será aún más en el futuro, si se presta la debida atención a los viajeros y por supuesto a los lugares más emblemáticos que tiene la villa.
El arco denominado de san Benito, uno de los restos más importantes del pasado de Sahagún. Lugar emblemático de la villa. A su lado el monasterio de las Madres Benedictinas.
Torres del Reloj y de San Tirso.
La iglesia de san Lorenzo. Imagen de hace años. Ahora está cerrada al culto por ruinas en parte de ella, sobre todo la zona del pórtico, como se puede ver en la siguiente fotografía.



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Todavía se ven por Sahagún alguans casas antiguas, construidas con tapial y capachadas.

 

s.

sábado, 7 de julio de 2012

Los hortelanos de Mayorga de Campos.


Hortelano preparando su carro. Cuadro de Teodoro Andreu en una exposición del Ayuntamiento de Alzira.

Mayorga es un pueblo, ya en la Tierra de Campos, situado a unos  20 kilómetros de Joarilla, que pertenece a la provincia de Valladolid, demarcación judicial de Medina de Rioseco.  Por allí pasa el río Cea, río que hasta hace pocos años se secaba en el verano, pero que ahora, con los regadíos, lleva abundante agua. Desde el siglo XII se denomina a la localidad como Maiorica, del latín maior, lo mismo que Mallorca, aunque el origen y evolución del término sea distinto en los dos lugares. Las formas documentadas antiguas Maiorica, Maorica, Maiurica y Maioriga, distan poco de la actual Mayorga. (Mª Fátima Carrera. “Toponimia de los valles del Cea, Valderaduey y Sequillo”).
En Mayorga siempre hubo personas dedicadas al cultivo de la huerta. Cuando era posible utilizaban para regar el agua del rio, y si el río se secaba, en verano, lo hacían con el agua de pozos que tenían casi todos, en su huerta. Y eran buenos hortelanos, y buenos los productos. De ahí que saliesen a venderlos por los pueblos cercanos, o algo más alejados,  como es el caso de Joarilla.
Varios días a la semana llegaban a Jorilla algúnos hortelanos procedentes de Mayorga, con su carro cargado con los productos de las huertas que cultivaban en las riberas del río Cea. Tal vez los más conocidos y recordados por los joarillenses eran Gervasio y Carrasquete, pues no solían faltar a su cita semanal. Lo mismo que hacía Marciano, aunque este era de Melagar de Abajo. Todos ellos solían llevar y vender berzas, cebollas, pepinos, lechugas, tomates, puerros, zanahorias, y otras verduras y hortalizas,  pero Marciano, el de Melgar es recordado, además, por su carro de varas, bastante averiado de tanto trasiego, y por el macho o mulo que lo arrastraba, que, por su aspecto, parecía estar necesitado de un mayor descanso y mejor alimento. Y es que se sabía que Marciano todos los días de la semana andaba de acá para allá, ya que iba también a otros pueblos de la zona, aunque no estuvieran tan lejos como Joarilla.
Marciano utilizaba carro de varas como éste.
Macho-mulo semejante al de Marciano.Imagen en: Osvando Lebrero.com










En Joarilla se sabía qué días, y hasta a qué hora, llegaba al pueblo cada hortelano, y sobre todo Marciano, que era el más madrugador, pues al salir el sol le veían llegar por el camino de Melgar de Abajo con su carro tirado por el macho. ¿A qué hora habrá salido de Mayorga? nos preguntábamos. Seguro que se pasaba gran parte de la noche en el carro. Y al regresar, le ocurría lo mismo, pues emprendía el viaje al atardecer, cuando eran menos los calores.
Lo curioso del caso es que enseguida se ponía a vender las verduras y hortalizas por las calles, llamando incluso en las casas. También vendía algunas frutas, según la época y el momento,  peras y sobre todo los perucos, o perillos, que maduraban a finales del mes de junio y que eran muy apreciados por los niños, tal vez por su pequeño tamaño. 
Por el pueblo corría pronto la voz: “ya llegó Marciano”, “está por ahí Marciano”, “mañana viene Marciano”. Su nombre, era muy  familiar para todos los vecinos, por los muchos viajes que hizo, como hortelano, con su carro de varas tirado por el macho o mulo. Por cierto que, cuando este falleció, él dejo el oficio. Ahora todos los pueblos y clientes a los que visitaba, y vendía las verduras y hortalizas,  le recuerdan con nostalgia. Y es que Marciano, fue testigo, y sirve de testimonio de una época dura, de trabajo  y de mucho trajinar, como él,  para poder vivir, o sobrevivir, dignamente.

miércoles, 4 de julio de 2012

La Caperuza.


Caseta de una finca rodeada de viñedos en un pueblo de la comarca de Benavente. Algo parecido a la Caperuza, aunque ésta era más grande y estaba rodeada cepas, y de más árboles y arbustos.
Así se llamaba y se sigue llamando a este pago existente en el campo de Joarilla.  Un conjunto de tierras  de las que, antiguamente, la mayor parte eran viñas, que proporcionaban buenas uvas para comer y buen vino para beber. Pero la llamativo de este lugar, y por lo que todos lo conocen y recuerdan, es por la caseta que había en medio de una extensa  viña. Caseta  que, lógicamente, frecuentaban más sus dueños, cuando trabajaban la tierra, pero que, en ocasiones, también acudían a ella otros propietarios, para protegerse de las lluvias en el invierno y de los calores en el verano. 
Nos llamó siempre la atención el uso de este nombre para designar el lugar, pues caperuza, de cappa, no tiene otra acepción o significado que “capucha, capuchón, bonete o gorro, acabado en punta etc., que sirve para proteger la cabeza”.  ¿No será que quien puso tal nombre al lugar, refiriéndose sobre todo a la caseta, pensó en que les iba a servir también de protección en algunos momentos del año a los que trabajaban o se encontraban por allí?
Antes, cuando la mayor parte de las tierras eran viñas, se iba más a la Caperuza. Y se oía con frecuencia: Tengo un majuelo en la Caperuza, hoy voy a trabajar la viña de la Caperuza, te espero en la Caperuza, mañana vamos a merendar a la Caperuza, etc. Y es que la pequeña caseta, construida de tapial y adobes, estaba rodeada de árboles, cuya sombra servía para refrescar el ambiente caluroso del verano. Y hasta contaba con pozo para refrescar el vino o el agua de la merienda.
Cuando las uvas iban ya madurando, este lugar era el más frecuentado, pues sus viñas, además de antiguas, y tal vez por ello más artesanales, eran las que más y mejor variedad de uva tenían y ofrecían. Recuerdo el cuidado, trabajo y atención que el abuelo Sixto prestaba a sus majuelos de la Caperuza. Y es que allí había uvas de Malvasía, Jerez, Prieto Picudo, y otras variedades; uvas de colores y sabores distintos; uvas grandes y pequeñas, redondas y  largas, a estas las llamábamos “uvas de cuerno” por la forma que tenían, y por desconocer su especie o el nombre científico. Se escogían los mejores racimos para llevarlos  a casa y conservarlos durante un tiempo, en el desván, o sobrado,  vocablo este de más uso en Joarilla.
A la caperuza se iba en carro, o montado sobre el burro o caballo, cuando había que trabajar. Pero en muchas ocasiones se recorría el camino a pie, como de paseo, pues la distancia no era muy grande. Algunos lo hacían hasta en bicicleta, si disponían de ella. Cuando llegaba la vendimia, al haber tantas viñas, en la Caperuza coincidían varias familias y grupos de vendimiadores, con lo que aquello parecía una fiesta. Se hablaba, se cantaba, había movimiento de personas, y también de carros, que llegaban con los cestos vacíos y se iban con ellos, ya cargados, a descargar en la bodega familiar, o para la venta en la báscula de las Eras, en donde estaban los camiones encargados de transportar la uva hasta las industrias bodegueras.
La Caperuza no era un pago más del amplio campo del pueblo, pues allí había una caseta y árboles con sombra. Y por el camino abundantes setos que se llenaban de flores amarillas, al llegar la primavera y durante el verano. Esto era  positivo y hacía atractivo al lugar. Pero en la actualidad los setos con flores del camino, la caseta y gran parte de las viñas han desaparecido, debido a  la concentración parcelaria, o por otros motivos. Y son muy pocos los árboles que se ven en la lejanía. Tal vez, en un futuro, todo cambie, cuando el agua de los canales de regadío pase por allí y los campos se llenen de verdor y de vegetación. Mientras tanto seguiremos manteniendo en el recuerdo a  la Caperuza.    


A la derecha, por el camino que lleva a la Caperuza, se conserva este árbol,  con muchos años ya, y bastante altura.
Un poco más adelente salen dos caminos, el de la derecha nos conduce al pago denominado La Caperuza.
Cerca ya de la Caperuza el camino tenía setos a ambos lados. Solamente queda, como testigo, el que se ve en la imagen.






domingo, 1 de julio de 2012

De Joarilla a Vallecillo.


Estoy seguro de que a los amigos o admiradores del patrimonio popular, que se encuentren pasando unos días en Joarilla o vivan allí, les agradará viajar y pasar unas horas en  Vallecillo, como en cualquier otro pueblo de la comarca. Y es que en todos se puede ver y admirar algo relacionado con el patrimonio urbanístico, artístico, tradicional, y también conocer a personas, casi siempre mayores, dispuestas a contar sus vivencias y costumbres.
Por este pueblo pasa un valle o arroyo, procedente de El Burgo y Las Grañeras y después de atravesar  por Villeza, San Miguel de Montañán  y Joarilla de las Matas, tras juntarse en Valdecea con el otro valle que viene de Bercianos, Gordaliza y Valdespino, llega al río Cea en Melgar de Abajo. Lo que pasa es que aquí, en este puebleo, el cauce del valle o arroyo es más estrecho y hondo, dando origen a uno más pequeño y más agradable que se llama, en la actualidad, Vallecillo. (En el año 1090 Vallicello o Valleciello).
Lo más antiguo del pueblo y lo más bonito del valle se encuentra cerca de su iglesia, declarada Bien de Interés Cultural, construida en el siglo XVI, en gran parte con ladrillo, como era normal en su época,  la época del mudéjar, arte que distingue y revaloriza a toda esta comarca de Sahagún. Destaca en el exterior, sobre todo, por su torre, que, aunque en origen, y en parte, también era de tapial, se restauró o reconstruyó, posteriormnente, con ladrillo. Al estar en lugar elevado se puede ver desde la lejanía.



Torre de la iglesia. Fotografía del año 2005.
La torre desde otro lado.
La torre y la pueta de entrada a la iglesia. Foto año 2005.



Ábside de la iglesia, de tapial y ladrillo. Se encuentra en mejor estado, en la actualidad, que el que aparece en la imagen.

Pero mucho más digno de ver y admirar es su interior, principalmente el retablo central, de estilo renacentista y de madera policromada. Restaurado recientemente por la Fundación del Patrimonio de Castilla y Leon, luce ahora mejor que nunca sus esculturas y relieves. La iglesia está dedicada a san Pedro y en la predela y las calles del retablo aparecen escenas de su vida y de los demás apóstoles. 

Retablo mayor dedicado a san Pedro, patrón de la iglesia. Restaurado recientemente.
Imagen de san Pedro en la calle central del retablo.
Relieves en la predela del retablo.
En los relieves escenas de san Pedro y otros apóstoles.

Se pueden ver también otros dos retablos, con imágenes de interés, y algunos objetos antiguos como la lámpara que cuelga en el presbiterio y que siempre tenía que estar encendida, como señal, y por respeto al Santísimo.


Virgen del Olmo, en uno de los retablos laterales.
Inmaculada, junto al retablo central
Uno de los retablos menores está dedicado a  san Miguel Arcángel.
En otro se encuentra este Cristo crucificado.
Y, colgada en el presbiterio, la antigua lámpara para iluminar y advertir de la presencia del Santísimo, de día y noche.

Vallecillo, a pesar de tener poca población, es también capaz de celebrar y mantener antiguas tradiciones religiosas y no religiosas: Su pendón ondea al aire junto con otros de la provincia de León, todavía empinan el Mayo al acercarse este mes, celebran la fiesta de  Las Candelas y algunas otras. Y no se olvidan algún año de La Cordera al llegar la Navidad.
Y es de los pocos pueblos que siguen manteniendo en pie el antiguo frontón, testigo de una costumbre muy popular también por estas tierras del páramo, el del sur de León. Se jugaba mucho y durante casi todo el año. Era lugar de distracción y convivencia. Y también de disputa y competición entre los pueblos.

El antiguo frontón a las afueras del pueblo. Si ahora no se juega, al menos les sirve de recuerdo.

Si alguno de los de Joarilla, vecinos o forasteros, aún no ha visitado Vallecillo, puede hacerlo en cualquier momento. A poder ser en verano, pues hay más luz y se aprecian mejor las cosas. Y si es un día de calor, allí tenemos la sombra de los chopos que hay en el valle, donde surgió el pueblo, y no lejos  una fuente para refrescar, y  en caso necesario aliviar la sed. 

Detrás de la iglesia y cerca de la arboleda del pequeño valle hay una fuente, también antigua, y que ha cumplido y sigue cumpliendo con su función,  propocionar agua para las personas y para los animales.
 



lunes, 25 de junio de 2012

La Trilla.

Escena antigua de la trilla en Quiruelas de Vidriales. Con pareja de vacas y la abuela con el nieto sobre el trillo. Detrás está la madre del niño. El aparato que hay detrás del trillo servia para remover la mies, cuando comenzaba la tatrea.


Aparato para remover la mies.
                                           
Estas imágenes, antiguas, me han recordado los duros trabajos que se realizaban en las Eras de Joarilla durante el verano, trabajos que duraban casi los tres meses más calurosos. Y se trillaba de día, pero por la noche iban a acarrear la mies necesaria para la jornada. La traían en carros, bien cargados, pues llevaban además redes de cuerda trenzada, para que cupiese más en ellos. Las redes cargadas colgaban a los lados del carro.
Ya en la era, la mies (de trigo, cebada, avena o centeno), se extendía, para que se orease si estaba humedecida por el rocío de la mañana. Y, a eso de las diez, cuando el sol comienza a calentar, los trillos arrastrados por vacas, mulas o machos, caballos y a veces algún burro, comienzan su tarea, la de triturar espigas, para conseguir el grano y también la paja, pues las dos cosas son cosecha.  Y vueltas y más vueltas con los trillos durante todo el día hasta que, al atardecer, llegaba  la hora de aparvar. El aparvadero no lo tenían todos los labradores, pero los que había por allí estaban al servicio de quienes lo necesitasen, aunque tuviesen que hacerlo a horas distintas.
Podía trillar cualquier miembro de la familia. Se turnaban en el trabajo, para que no resultase muy pesado y molesto, sobre todo por el calor y el polvo que se producía, si corría el viento. Había que llevar los ramales en las manos y tirar de uno u otro, para no salirse del espacio circular de la trilla. Los animales, cuando les llegaban el momento y sin contar con nadie, dejaban sus excrementos, que caían sobre la trilla, si el conductor no colocaba con rapidez, y en el lugar adecuado, el cesto o cubo que los recogiese. Por eso todos los trillos llevaban un recipiente con esta finalidad.

En la era se podía tabajar con dos trillos, como en la imagen, uno de vacas y el otro llevado por un macho cardino.
El cesto o cubo de metal no podía faltar en el trillo, para recoger los excrementos de los animales.

Un aparvadero, en este caso de Valdespino Vaca, ya casi abandonado y por ello algo deteriorado.

Los niños se lo pasaban bien en las eras, aunque sólo fuese porque les gustaba viajar en trillo, y porque se subían y bajaban de él muchas veces, mientras se trillaba. Y a la hora de aparvar les gustaba ser arrastrados o llevados por el aparvadero. También porque se merendaba en familia en la era, a las sombra del carro.
En la actualidad, ya casi nadie trilla, y hasta quedan poco trillos. Las cosechadoras los han sustituido, a ellos y a las vacas, mulas, machos, caballo y burros, animales conocidos, y queridos por los labradores,  pues eran como de la familia. Con ellos pasaban gran parte de los días del año, desde la siembra hasta la recolección. 

jueves, 21 de junio de 2012

La Calle Mayor


Es una de las calles más largas del pueblo, pues desde las Eras, al menos desde donde ahora está el depósito de agua, y atravesando la Plaza Mayor, llega hasta la plaza del antiguo Ayuntamiento. También una de las más anchas por lo que la circulación de vehículos, antes carros y ahora coches, puede hacerse hacia arriba y hacia abajo al mismo tiempo y sin problemas. En la parte superior, y no lejos del final, sale una Calleja, que todos llamaban  ‘del Sr. Félix’ por tener allí su vivienda, por ella se puede pasar a la calle El Cristo.
Antiguamente, como todas las demás, estaba llena de tierra, que cuando llovía se convertía en barro, a veces un barrizal. Los carros de par, o de varas, pasaban por ella, dejando las roderas como señal de su paso. Como no había aceras las personas, niños, jóvenes o mayores caminaban muy cerca de las paredes de las casas, que tenían menos tierra o barro.
Casi todas las casas de la calle estaban construidas con tierra de tapial  o con adobes y sus puertas y ventanas de madera, algunas con rejas y con aldabas o llamadores. No faltaban rincones y hasta algún huerto o solar a lo largo de ella. 
Aspecto que ofrecía la calle en su pavimento y las casas de tapial o adobe. Decada de 1960.

Antiguamente, cuando el tiempo lo permitía, quienes más utilizaban para la diversión la calle eran los niños. Era muy corriente oír: voy  a la calle, estoy en la calle. En ocasiones hasta era un alivio para los mayores enviar a sus hijos a la calle. En ella jugaban y se divertían a su modo y según la edad. En algunos momentos hasta con la tierra, afanándose en llenar con pequeñas paletas los camiones o carretillas y otros recipientes,  de madera o latón,  procedentes a veces del regalo de Reyes. Con tierra y agua se actuaba, como si de arena de playa se tratase. Pero había también otros juegos y diversiones.  
Por la calle pasaban las procesiones el día de Sacramento, los Pastores, etc . Y también las bandas,  charangas o dulzaineros que era contratados para anunciar y animar las fiestas. A estos les acompañaban en el recorrido por el pueblo algunas personas sobre todo los niños.
De noche los ruidos procedentes de la calle no eran muchos, tan sólo cánticos de la mocedad, cuando se celebraba alguna fiesta, el paso, ya de mañana del ganado, camino del mulatero, y los carros cuando en verano iban en la noche al acarreo.
En la calle Mayor vivían muchos vecinos, pues por entonces todas las casas estaban ocupadas, casas en su mayor parte construidas con tierra de tapial, o adobe y que, han sido reparadas con otros materiales como el ladrillo, la piedra y el cemento. Y lo mismo el pavimento que hoy es de asfalto, como cualquier calle de una ciudad muy poblada por la que pasan diariamente muchas personas.
Y también vivían algunos amigos, de grato recuerdo, por los juegos, diversiones,  y vivencias de otro tipo: Eliseo, el hijo de Cayo, Manín el de Rosario, Miguel y Fernando hijos de Rafael y María. También Moisés el de Baltasara, José Luis, el hijo de Amón y Gloria y algunos otros, aunque de distinta edad y menor convivencia. Casi todos fuimos monaguillos, y nos tocó precisamente la época de D. Mere, que estuvo bastantes años en Joarilla.
En la calle había algunos vecinos con oficios: Paco el de Julia era carpintero, mi padre era el practicante, que ejerció también algunos años de peluquero y barbero, Feliciano ya había comenzado a ser sacristán y aún sigue siéndolo, Alipio, que vivió al final de la calle era el cartero. También había un albañil, aunque llegó, un poco más tarde.  
En la actualidad ha cambiado todo, las casas son nuevas o están reformadas, y con distintos colores en las fachadas, el pavimento con asfalto y en buen estado, hay limpieza, etc.  Y es que apenas pasan carros y ganado por ella, sólo, aunque no en gran número, alguna máquina cosechadora en verano, tractores durante todo el año,  furgonetas, coches, camiones, y motos. A pesar de todo, en la calle se respira silencio, tranquilidad y sosiego, pues en ella vive permanentemente poca gente y casi todos mayores, y ya jubilados. Los fines de semana esperan la llegada de familiares que residen en otro lugar, al que tuvieron que acudir por razones de trabajo.
La calle, en la actualidad, vista desde la Plaza Mayor.
La denominada Calleja del Sr. Félix, hoy de cemento en el pavimento y en las viviendas.
La calle actual vista desde arriba, ya cerca de las Eras y del depósito de agua.