sábado, 6 de octubre de 2012

"Breve Historia de Joarilla", de Luis Miguel Bajo.




En el año 2007, al celebrarse la IX Semana Cultural que cada año organiza la Asociación Santo Tomás Apóstol, Luis Miguel Bajo impartió una conferencia que él mismo denominó 'Breve Historia de Joarilla'. Se trataba de hacer un recorrido histórico, aunque breve, por las distintas épocas. Y hacerlo también de forma pedagógica, y lo más asequible y comprensible para los asistentes. En este caso todo el pueblo, pues nadie faltó a la cita. Todos, tanto los vecinos, como muchos forasteros, estaban muy interesados en conocer algo más sobre el pasado del pueblo.
El lugar elegido para la conferencia, a falta de un amplio salón de actos, fue la iglesia, en donde hubo espacio suficiente para todos. Allí mismo pudo proyectar abundantes imágenes que facilitaron una mejor comprensión de lo que él dijo, y una mayor admiración por parte de todos.  Y es que nadie pone en duda el conocido dicho o expresión de que “una imagen vale más que mil palabras”.  Y Luis Miguel lo sabe muy bien, por su trabajo diario en la clase con los alumnos.
Luis Miguel, aunque nació en Joarilla, ha vivido casi siempre en Madrid, pues sus padres, mis primos Gerardo y Candelas, como muchos otros, tuvieron que emigrar desde muy jóvenes para trabajar en otro lugar y poder vivir dignamente. En Madrid estudió y se licencio en Geografía e Historia en la Universidad Complutense, dedicándose a la especialidad de Historia Moderna.
Como memoria de licenciatura realizó, y leyó en septiembre de 1981, el trabajo sobre “El Monasterio y la Villa de Sahagún en el Antiguo Régimen”, bajo la dirección del Profesor del Departamento D. José Cepeda Gómez.  Luis Miguel ha prestado siempre atención en sus investigaciones al siglo XVIII y al ámbito leonés,  concretamente Sahagún y su comarca, a la que se siente ligado por su procedencia. De hecho es autor también de otra pequeña publicación, en 1984, sobre “La Comarca de Sahagún”, con motivo de la presentación pública de una Asociación Cultural creada en aquel año.

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Con frecuencia, y ahora más que nunca para estar con sus padres, desde Mallorca, viaja a Joarilla y allí pasa una parte de sus vacaciones, o incluso fines de semana largos. Le gusta ver el pueblo, sus calles y plazas, y saludar a muchos de los vecinos. Y no se olvida de pasear por la alameda o acercarse a las Eras…O de subirse a lo alto de las bodegas y sentarse allí un  rato a leer, escribir, o simplemente contemplar el paisaje: el pueblo con sus calles y casas; la poza, los palomares, el prado de arriba y San Miguel de Montañán; o los manaderos, la alameda y el prado de abajo…
Sentado en lo alto de las bodegas lee o escribe, o contempla el paisaje.
Y ve paisajes de Joarilla y alrededores.
El puente entre árboles, en un día de invierno.
También se divisa el Trébano junto a la calle de El Chopo.
Arboleda junto al puente.

Y cuando estaba preparando esta Breve Historia de Joarilla iba a la iglesia con Feliciano, el sacristán, y revisaba los libros del archivo parroquial, que son los que más y mejor documentación tienen sobre el pueblo. Así, hasta que investigue más y prepare una nueva publicación, podemos conocer el pasado de Joarilla, de forma amena y entretenida, pero también con muchos datos de interés para todos.


lunes, 1 de octubre de 2012

La bodega de Aquiles y su colección de etnografía.



Una parte de las bodegas de Joarilla. Las que se encuentran en el camino de Valdespino.

El amigo Aquiles, recientemente fallecido, es recordado con afecto por muchas personas, tanto de Joarilla, como de otros lugares, próximos y lejanos. Y es que eran muchos los que le conocían, no sólo por ser el hijo del señor Julián y el hermano de Vitoria, Santiago y Antonio,  sino también por su trabajo de agricultor durante toda su por vida. Y es que amaba su oficio como nadie. Sus tierras eran su mayor distracción, a pesar del trabajo que suponía el arar, sembrar, apañar, segar, acarrear, trillar, aparvar, y recoger la cosecha. Pero Aquiles apreciaba y se dedicaba, aún más, al trabajo de sus viñas, a las que cuidaba con esmero. Y es que lo que quería era conseguir un buen vino, que llamase la atención a los vecinos y mucho más a los forasteros. Fueron muchos los que visitaron su bodega para comprarle vino, o simplemente para degustarlo acompañado de algún aperitivo.
Aquiles era apreciado por muchas personas por las atenciones que tenía con ellas. Era así su forma de ser. Pero sobre todo se esmeraba con los forasteros y aquellos que no vivían en el pueblo. Muchos de ellos eran conocidos por él a través de su familia o por  los viajes realizados a diversos lugares. Algunos eran clientes, a los que vendía el vino de cada cosecha.
Su bodega es estrecha y profunda, pero está limpia y bien arreglada. En ella hay diversas cubas de mayor o menor tamaño y varios tinos de cemento en los que recogía gran cantidad de vino para la venta. En el exterior de la misma y en lo más alto del lugar Aquiles y familia tienen una caseta, que llaman cuartel, en donde se pisaba o prensaba la uva en la época de la vendimia y   desde allí, el mosto pasaba por una manguera a las cubas de la bodega.
A la derecha la entrada a la bodega de Aquiles.
El cuartel de Aquiles, en lo más alto del lugar.
En el cuartel había una mesa alargada, testigo de muchas reuniones, con meriendas y tertulias, de amigos y conocidos, que se iban de Joarilla con un buen sabor de boca, el que les proporcionaba el vino, las viandas y una buena compañía. Y lo curioso y llamativo es que las paredes del local -cuartel estaban adornadas con objetos antiguos y tradicionales, utilizados unos en su domicilio y otros recogidos por Aquiles o por alguno de su familia, con gusto y afición, para que pudieran ser contemplados por los amigos y visitantes. Por allí se ven manojos, yugos, colleras y collarines, cerámicas varias, carburos y candiles, algún canasto o cesto para recoger la uva, arados y otros aperos del campo, objetos diversos, unos  relacionados con la casa y el vivir diario, y otros con el trabajo del agricultor y ganadero.

Aquiles de merienda y tertulia en el cuartel con familiares y amigos. (Foto cedida por Antonio)
Otro día de merienda con vecinos de Joarilla y algunos de su familia.
Lado norte del cuartel de Aquiles, local en el que está su colección de objetos antiguos.
Dos yugos, un manojo, un carburo...y otros objetos.
Colleras colgadas de un yugo, una cabezada y un farol entre otros.
El cuartel de la bodega de Aquiles se convirtió en un pequeño museo etnográfico, que fue visitado y visto por muchas personas. Y ello gracias  a él y a su familia, todos ellos amantes del pasado y la tradición. Sabían valorar muy bien las cosas y apreciaban la cultura y el saber. Ojalá que este pequeño museo siga ampliándose y que sean cada vez más las personas que se acerquen por allí para verlo. Pudiera ser también el inicio de un futuro museo etnográfico para el pueblo, aunque debiera de contar con un local más amplio dedicado a recoger objetos antiguos que les sirvan para recordar la forma de vida, trabajos, costumbres  y tradiciones del pasado.
Aunque son muchos los museos que hay de este tipo en pueblos y ciudades, algunos gracias a la afición de personas particulares, también puede existir uno en Joarilla, pues son muchos los objetos que hay en las casas y a los que sus dueños estarían orgullosos de prestar para este fin. Se tendría que contar con un local amplio y a poder ser propiedad del municipio. Pero hasta que esto sea una realidad, allí está el pequeño museo de la bodega de Aquiles, al que todo el que lo desee puede visitar. Y seguro que alguno de sus familiares lo cuidará y hasta lo ampliará con nuevas piezas u objetos relacionados con la antigüedad.


sábado, 15 de septiembre de 2012

La imagen: Carro de viga o par, llevado por vacas con melena.




No es un carro de Joarilla, pero como si lo fuese, porque así eran los que, hace ya muchos años, pasaban diariamente por calles y plazas del pueblo, camino de las diversas tareas agrícolas, en este caso se trataría de acarrear hierba o paja, a juzgar por el armazón de madera que lleva sobre los tableros del carro.
Las vacas, de color negro, van sujetas al yugo con la correa, y el yugo  bien atado a la viga. Bajo el yugo, y sobre sus cabezas, llevan vistosas melenas, con tiras de piel delante de su rostro, sobre todo de los ojos, para evitar que moscas y otros insectos las molesten. Y si no siguen bien por el camino, ahí están los ramales, cuyos extremos metidos en sus fosas nasales, permiten al conductor guiarlas debidamente. Además éste tiene a  su disposición la ijada, para picarlas, y así conseguir que continúen por el camino y no se detengan.
Sobre el carro va el agricultor. Es de suponer quien le acompaña sea su hijo, o el de algún familiar.  Los niños disfrutábamos mucho, por entonces, subiendo a los carros, a los trillos, o a cualquier otra máquina agrícola en la que pudiésemos hacerlo. Era una forma de viajar, aunque fuese solamente al campo, y ver dehesas, valles, tierras sembradas o en barbecho, viñas, encinas o chopos, y otras muchas cosas de las que ofrece la naturaleza.
A veces los ejes de los carros rechinaban, produciendo un ruido desagradable, cuando pasaban por la calles del pueblo, algunas llenas de barro o con muchas piedras. Y es que no estaban bien engrasados. Enseguida el agricultor los engrasaba para evitar su desgaste, y también el ruido.
La imagen nos acerca a una época sin coches, aunque, por lo que se ve, ya circulaba el Seat 600, que vemos aparcado detrás, y no lejos del carro. Sirve para recordarnos también los duros trabajos del agricultor en algunas épocas del año, sobre todo cuando había que preparar la tierra y sembrar, o cuando llegaba el verano y el otoño, y había que recoger la cosecha.
En la actualidad todo es distinto: aperos, maquinaria, costumbres, viajes, y forma de vivir y de trabajar. Pero, para los que no lo vivieron y conocieron, ahí están la imágenes, una de ellas  ésta del “Carro de viga o par, llevado por vacas con melena”. 
(La imagen procede de una exposición de fotografías antiguas celebrada en Quiruelas de Vidriales, un pueblo de los Valles de Benavente, en la provincia de Zamora)

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El señor Miguel, vendedor de telas.



Entre los vendedores  que iban con cierta  frecuencia a Joarilla recuerdo a uno que todos llamaban y conocían como  “el de las telas”.  Y es que esto era lo que vendía principalmente, telas para hacer sábanas, vestidos, etc. pero también vendía ropa confeccionada, tanto de interior, camisetas, calzoncillos, calcetines, etc.  como exterior: camisas, blusas, jerseys, chaquetas, etc.
El señor Miguel era de Melgar de Abajo por lo que la distancia hasta Joarilla no era mucha, tan sólo cinco kilómetros. Y si el viaje se le hacía largo y a veces pesado, era porque iba en un carro de varas con toldo, llevado por un caballo o un macho, y los caminos dejaban mucho que desear, no estaban en buen estado. En aquellos años no se contaba con la carretera, como en la actualidad. Pero no faltaba a la cita, cuando le tocaba, lo mismo que los demás vendedores. Y ello a pesar de las inclemencias del tiempo, a veces lluvioso y con mucho frío.
Bajo el toldo de su carro de varas se escondía un verdadero comercio, con estanterías, bien colocadas, sobre las que se veían, también en orden, las telas de variados colores y calidades, las cajas de calcetines, ropa interior, o de otro tipo de prendas. Porque llevaba de todo, tanto para hombres como para mujeres, niños y niñas. Y es que, por experiencia y práctica vital, sabía muy bien de los usos y necesidades perentorias de las personas a las que iba a vender. 
Parecido a este era el carro en el que viajaba el señor Miguel.
Y al llegar al pueblo recorría calles y plazas, deteniéndose en las casas y llamando por si estaban necesitados de alguna ropa. Enseguida se corría la voz por el pueblo: Ha llegado el señor o Por ahí está el señor Miguel, el de las telas, se decía. Y algunas mujeres iban en su busca, por si no pasaba por su calle, pues estaban interesadas en comprar algo para ellas o su familia.
Vendía muchas telas. Recuerdo haberle visto  utilizando  el metro de madera como medida, y a veces la cinta de la costurera. En aquella época solía haber modistas, y también sastres, en algunos pueblos, y la gente acudía a ellos para hacerse vestidos, faldas, chaquetas, etc. Otras veces en las mismas familias, sobre todo las mujeres, cosían y hasta ellas mismas confeccionaban algunas prendas, para la casa: sábanas, almohadones, cojines, etc., o para la misma familia. En muchas casas había una cesta de mimbre con todo lo necesario para la costura: agujas, tijeras, metro, hilos de diversos colores, lanas, y otras cosas.

Vara castellana de medir, utilizada antiguamente. Equivalía a unos 83 cms.
Cinta de costurera, que también usaba el señor Miguel.
En casi todas las casas había una cesta de costurera con todo lo necesario para dicha tarea.
La verdad es que el señor Miguel, como los demás vendedores ambulantes: el fresquero, los hortelanos, el cacharrero, etc., que recorrían los pueblos, hacían un buen servicio a los vecinos, pues por ello no tenían que desplazarse a Sahagún u otras localidades de mayor población, para adquirir los productos necesarios para el día, la semana o para un tiempo más largo.
Y los pueblos y sus habitantes, algunos ya mayores, se sentían atendidos. Cosa que no ocurre, en la actualidad y en pleno siglo XXI, según me han contado. Ocurre que al desaparecer en algunos lugares los comercios, no tienen dónde comprar las cosas necesarias para cada día. Y tienen que desplazarse a Sahagún para hacerlo, en coche público, si se dispone de este servicio, en el coche propio, o en el de algún familiar o amigo.
En Joarilla se sigue recordando al señor Miguel, su llegada al pueblo con el carro de varas llevado por el caballo, y el comercio de telas a la puerta de cada casa. Lo mismo  hacían otros vendedores ambulantes con sus productos. Y, en la actualidad, algunos, que no tienen a su disposición medios públicos o privados para viajar, sienten nostalgia de tiempos pasados, en los que no faltaba algún comercio de ultramarinos en el pueblo, para poder comprar diariamente las cosas más necesarias.